El frio de la tarde de invierno, en
Ramos Mejía, se contraponía con el calor que corría por la
sangre de Marta. Ella, que un par de meses atrás había tenido
su primera experiencia swinger junto a Ricardo, su marido,
y una pareja amiga, sentía la necesidad de repetir la vivencia.
Marta y Ricardo se trazaron un plan. El le propuso un juego
y ella aceptó sin pensarlo un instante. "Ponete el tapado
de piel y, debajo, un par de gotitas de ese perfume que me
enloquece", le dijo. "Vamos a ir al bar que conocimos la semana
pasada, el que tiene luz tenue, a tres cuadras de la estación.
Allí, seguramente, encontraremos alguna pareja que quiera
compartir un momento inolvidable con nosotros", agregó Ricardo.
Casi sin dejarlo que termine de construir la frase, Marta
ya se había puesto el tapado. Y cuando la tarde le estaba
dando paso a la noche, salieron en busca de la aventura.
Al llegar al bar
adviertieron que una parejita estaba sentada junto al ventanal.
Se ubicaron en la mesa de al lado y comenzaron a aplicar la
fascinante técnica de las miradas. Ricardo se acercó a donde
estaba la parejita con un cigarrillo en la mano, le pidió
fuego a él, clavó los ojos en ella, y, sin ningún tipo de
prejuicios, les confesó que, junto a su esposa, querían compartir
un momento agradable con ellos. Buscando palabras que no lastimaran
a nadie, los chicos supieron gambetear la situación. Ricardo
y Marta sintieron que habían fracasado, pero no se resignaron
a morir en el intento. "¿Qué tal si vamos al pool de la otra
cuadra... tengo una idea, te animás?", preguntó Ricardo.
Marta, a esa altura, estaba tan caliente
que aceptaba cualquier propuesta. Llegaron al pool, se sentaron
a la primera mesa que encontraron y, cuando se acercó el mozo,
Ricardo pidió un whisky y Marta, abriéndose el tapado y mostrando
sus grandes y redondeadas tetas, dijo "otro para mí". El mozo
no podía creer lo que había visto, se acercó a la caja, hizo
el pedido y le confesó al encargado del local: "esa mina está
en bolas. Debajo del tapado no tiene nada. Me pidió un whisky
y me mostró las tetas. Es una puta hermosa. ¡Qué lindo sería
hacerle una fiestita...!". Guillermo, el encargado, pensó
que Miguel -el mozo- había enloquecido, y éste, en tanto,
corría hacia la cocina para contarle a Carlos -el encargado
de hacer los sandwichs- lo que había visto. Ricardo advirtió
la situación y le dijo a Marta: "mi amor, se nos dio. Mi plan
se está cumpliendo", pero ella ya no aguantaba más. "No se
de que plan me hablás, estoy caliente, quiero sexo ya. Necesito
que me metan una buena pija, chupar otra y que me hagan la
colita", sentenció.
Ricardo se levantó, se acercó a la
barra y, con cara de inocente, le preguntó a Guillermo donde
quedaba el baño y le dijo: "le gusta la chica que acabo de
conocer. Es un bombonazo. Además, le encanta hacer el amor
y, en la cama, es una diosa". Guillermo se quedó mudo, tuvo
que admitir que Miguel no estaba loco, le indicó donde estaba
el baño y, de repente, se animó a murmurar: "su chica es muy
linda, tiene un lomo formidable, lo envidio". Ricardo, sabiendo
que su plan estaba a punto de concretarse, le respondió: "lástima
que hay tanta gente, porque de lo contrario 'se las prestaba
un ratito'...Es una puta bárbara... Otra vez será...". "Si
es por la gente, no se haga problemas. En diez minutos cerramos,
bajamos la persiana y, si usted quiere, hacemos una fiestita",
propuso Miguel, a quien le temblaba la bandeja en la que llevaba
los dos vasos de whisky.
Pasaron poco más de diez minutos,
Guillermo, Miguel y Carlos se encargaron de decirle a los
pocos parroquianos que quedaban en el local que era hora de
cerrar, y el escenario para el amor estaba montado. Ricardo
tomó distancia, se sentó en un rincón. como si estuviese en
una platea preferencial, mientras Marta dejaba caer sensualmente
su tapado y se sentaba sobre una mesa de pool. Su pelo rubio
se desparramó sobre el verde paño, sus piernas se elevaron
y sus tacos se apoyaron contra el borde de la mesa. Manuel
pidió ser el primero. Marta no quiso que hubiese primeros
y últimos. "Hay lugar para todos", dijo. Su concha sedienta
se abrió para que la pija del mozo entrara y saliera de ella,
acompasadamente. Su boca se encargaba, al mismo tiempo, de
acariciar suvaemnte en su interior el pedazo erecto de Guillermo.
Y Carlos, para no dejar agüjero sin tapar, le hacía la cola
con movimientos desenfrenados. Los tres gozaron el momento,
se intercambiaron los roles, y se calentaron muchísimo más
al ver cómo disfrutaba ella del sexo. En un rincón, Ricardo
tampoco no dejaba de gozar. Sólo, tocándose, feliz al ver
a su esposa como "en el paraiso". Marta se levantó de la mesa,
dejó a sus tres ocasionales compañeros agotados pero satisfechos,
le dio un beso a Ricardo, se puso el tapado y juntos, de la
mano, como dos enamorados que son, salieron rumbo a su hogar.
Al llegar, antes de que ella se diese una ducha reparadora,
hicieron el amor. Tuvieron un orgasmo único, inigualable.
Tocaron el cielo con las manos. Para Guillermo, Miguel y Carlos
fue como un sueño.
Aún hoy, cuando le cuentan la historia
a sus amigos, son tomados como grandes fabuladores. En el
pool nunca más supieron de Marta y Ricardo. Al menos hasta
hoy...