Corría la primavera del '90. El escenario
de la historia, una ciudad del Sur argentino. Las protagonistas
estelares: Mary y Cristina. Mary tenía 29 años y una silueta
envidiable. Estaba casada con Ricardo, el primo de Cristina,
quien también era casada, pero tenía una pésima relación de
pareja con quien hoy es su ex marido. Más allá del parentezco,
entre Mary, Cristina y Ricardo había una afinidad muy grande;
una cuestión de piel los unía increíblemente. Se reunían casi
todos los fines de semana, o cuando sus actividades se lo
permitían, para tomar mate, comer bizcochitos de grasa y contarse
las vivencias de unos y otros.
El tema sexo no podía estar ausente
en esas charlas, sobre todo el sacar a la luz las fantasías
sexuales que cada uno aún no había logrado llevar a la práctica.
Un buen día, Ricardo debió dejar la ciudad y viajar un par
de días a Córdoba para cuidar a un familiar que estaba muy
enfermo. Cristina no encontró mejor pretexto, para zafar de
su entonces esposo, que "mudarse" a la casa de Mary para no
dejarla sola. Era un viernes caluroso, de esos en que la ropa
molesta y la transpiración brota como agua de un manantial.
Cristina le propuso a Mary ducharse juntas, para estar más
cómodas. Y Mary aceptó. Debajo del agua, las miradas fueron
penetrantes. Los cuerpos llegaron a rozarse, pero no a tocarse.
Después de la ducha, fresquitas, se recostaron sobre la cama
y charlaron, como suelen hacerlo dos mujeres solas, hasta
la madrugada. Eran más o menos las cuatro, casi no quedaban
temas por tratar. Y volvió a salir el de las fantasías sexuales...
Las dos llevaban unas dos semanas de abstinencia sexual. Tal
vez eso pueda servir para comprender el por qué estaban un
poco más exitadas que de costumbre. Pero el cansancio las
venció, y se quedaron profundamente dormidas, sin llegar a
consumar la fantasía que las dos, íntimamente, querían llevar
a la práctica pero no se animaban a confesar.
Al día siguiente recordaron todo lo
que habían conversado la noche anterior minuto a minuto, escena
por escena. Hasta que llegó, nuevamente, la hora de ir a dormir.
La noche era tan calurosa como la anterior. No volvieron a
bañarse juntas, tal vez por temor a que se precipitara el
final que ambas presentían. Mary se puso un camisolín transparente,
que dejaba traslucir sus hermosas tetas, y sus pezones duros
y rosados. Cristina tenía una bata, que sólo insinuaba sus
pechos más pequeños, pero bien paraditos, y sus tambien duros
pezones. Las caricias llegaron sin proponérselo la una ni
la otra. Comenzaron a jugar tocándose las tetas, luego las
manos le dejaron paso a la lengua y el clima se iba poniendo
cada vez más caliente. En un momento decidieron mostrarse
las conchas, se acostaron boca arriba, abrieron las piernas
y, casi sin darse cuenta, comenzaron a masturbarse mutuamente.
Los dedos tomaron una velocidad asombrosa, con movimientos
acompasados. Mientras sentían el índice o el pulgar navegando
por sus conchas, jadeando, no dejaban de contarse las sensaciones
del momento. Las lenguas tambien jugaron un papel importante,
al frotar ese duro botoncito llamado clítoris. Hasta que llegaron,
juntas, a un orgasmo que no tenía ni punto de comparación
con los que alcanzaban junto a sus maridos. Gozaron como locas.
Mary recién se atrevió a confesarle
a su marido lo que había pasado aquella noche dos años después.
Para no herir su espítitu machista, le dijo que deseaban a
un hombre en ese instante. Pero no era cierto. Sabía que nunca
habían disfrutado tanto del sexo como con Cristina. Ricardo
disfruta cada palabra de su esposa, envidiando, intimamente,
cuánto gozó junto a su prima. Cristina y Mary siguen reuniéndose
en torno a una rueda de mate, para comer los riquísimos bizcochitos
de grasa y sin dejar de contarse las fantasías sexuales que
aún hoy siguen teniendo. Esa noche inolvidable quedara grabada
a fuego en sus mentes. Y quizá se repita. Cuando el cuerpo
de una clame por el de la otra... Cuando el sexo vuelva a
golpear a sus puertas, para que ambas lo disfruten.