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TESTIMONIO 6

UN ACOGEDOR VIAJE EN TREN


Pasadas las 2 de la mañana, cuando viajaba en el tren a Tucumán, nos avisaron que en Rosario debíamos bajar las ventanillas metálicas porque solían arrojar piedras, desde una villa de los alrededores.
Pensé que era una pena y se lo comenté con mi compañera ocasional de viaje: una morocha de unos 35 años, de ojos impactantes, boca sensual, y pechos grandes y tentadores. Diré que la había observado desde que se sentó a mi lado, pero no habíamos hablado hasta entonces. Ella me respondió que prefería la intimidad de la oscuridad.
-Es más lindo, ¿no te parece?
Yo contesté que sí y quedé pensando en lo sugerente que era esta frase de Daniela (así me dijo que se llamaba). Yo fui un poco más audaz que lo habitual y seguí con la conversación para el lado que me interesaba...
-No lo tome a mal, pero es raro que me toque una mujer tan linda como compañera de viaje
-¿Qué edad tenés?
-27.
-Bueno mi amor, yo tengo 35, no soy tan vieja, no me trates de usted.
-Sos muy linda, entonces, es raro que no viajes acompañada.
-Mirá, voy a Tucumán a visitar a una amiga y preferí viajar sola... así si quiero puedo hacer alguna travesura.
La charla se reflejaba en mi pantalón, Y como ya venía jugado, aposté un poquito más...
-Si querés, podés empezar a portarte mal conmigo.
-¿Te parece? Mi amor, creo que estás calentito, desde que salimos me estás mirando las tetas.
-Creí que no se había notado, ¿las puedo tocar?
Como cambiando de tema me dijo...
-A ver, está mal cerrada la ventanilla.
Pero enseguida cruzó su cuerpo sobre el mío como para ajustar la ventana y afirmó sus pechos contra mi cara, yo no resistí y puse mi mano sobre uno de ellos. Había gente despierta, pero no se veía mucho lo que sucedía en los asientos y alrededor nuestro todos parecían dormir. Metí mi mano por debajo de su delgada blusa negra y sentí la textura del corpiño. Empecé a presionar y a amasar con fuerza y la excitación me llevaba más y más lejos. Toqué y pellizqué sus pezones y ella bajó su cara y me besó con su boca abierta de la cual ya asomaba su lengua que buscaba jugar con la mía.
-¿Te animás a coger aquí?, me dijo sin dar más vueltas.
-Esperá un poquito, le respondí.
Asomé la cabeza por sobre el respaldo de el asiento y me aseguré de que todos durmieran. Agarré su mano y la puse en mi pantalón.
-¿Qué te parece?, le dije.
Volví a incorporarme al asiento y Daniela se sentó sobre mí, sin disimular demasiado. Yo estaba medio intranquilo por la situación, pero cuando la sentí sobre mí, la sentí caliente y ya su húmeda bombacha corrida hacia un lado. El calor de su concha envolvió mi pene y me cogió con mucha calentura. Yo apoyé mi mano en su pecho y la otra en su boca.
-Cuidado, no me vas a acabar... me dijo y se acomodó para culminar la tarea con su boca.
-Cuando lleguemos a Tucumán, la hacemos entera en un telo, no te me vas a ir, me susurró al oído y se durmió. En Tucumán no nos separamos por esa noche.

dppablo@sinectis.com.ar

(Un amigo de El Mundo del Sexo)

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TESTIMONIO 5

COMO ME HICE DEGENERADITA

     Tengo 23 años y hace dos que me pasó esta historia...

     Recién me ponía de novia y me fui con unas amigas, en el  verano, a Chile.

     Casi a diario íbamos a bailar al mismo lugar, y lo pasábamos bastante bien entre nosotras. Era habitual ver a un grupo de chicos, donde había uno que me encantaba (tenía 32 años), pero no me daba mucha pelota.

     Siempre lo miraba y, al final, creo que se dio cuenta. Después de cinco noches en las que me ignoró olímpicamente, me invito a bailar.

     Y no estoy exagerando cuando digo que no me daba bola. El sólo se divertía con sus amigos, y eso me volvía más loca. Pero al mismo tiempo me excitaba que fuera indiferente conmigo. Después de bailar hasta tarde, y de tomar bastante, me pidió que lo acompañara. Le pregunté adonde, y me dijo que no preguntara. Su respuesta me excitó aún más; no tenía ni idea de sus intenciones.

     Fuimos en su auto hasta unos medanos. Se internó un poco y estacionó. Se bajó, abrió mi puerta, y, antes de pedirme que bajara, me agarró de la nuca y me besó.

     Nunca pensé que besaría así a un desconocido, pero tengo que jurar que nunca me había excitado tanto un hombre, y por lo tanto lo dejé que me besara.

     Mientras lo hacía, me hizo levantar del asiento y me apoyó en la arena, de espaldas. Yo estaba con una diminuta minifalda y una camisa blanca.

     Mientras me besaba, me desprendió el corpiño y me empezó a besar las tetas, a mordérmelas. La verdad es que yo estaba como loca... mientras me mordía los pezones, me levantó la mini y me bajó de un tirón la bombachita. En menos de un segundo me la metió.

     No me decía nada, sólo la metía con fuerza. Cada vez que se movía me entraba arena por todos lados, y eso me excitaba más.

     Me agarraba los pelos bien fuerte, y me la metía con mucha más fuerza aún.

     Cuando yo acabé, el seguía haciéndolo. Me abrió bien la camisa y me acabó en la tetas.

     Me dijo que me la pasara por las tetas y después de que lo hice me puso arena para que me quedara pegada.

     Sin decirme nada subimos al auto, y me dejó en el boliche. Lo único que me dijo fue “me encanta que te comportes como un puta” y “no te limpies las tetas” y me dejó.

     Esa noche me di cuenta que me excitó ser sumisa y que sería capaz de hacer cualquier cosa.

     Estuvo un día sin ir al boliche y yo me quería morir, pero me lo encontré en la playa al otrodía y cuando me vio me dijo “acompáñame”. Esa palabra bastó para que yo me quisiera morir.

     Me llevó a su departamento y me preguntó si me había gustado. Le respondí que mucho y me dijo que eso era el comienzo.

     Me pidió que se la chupara mientras él miraba televisión y que me hiciera la paja. Mientras me estaba cogiendo entró uno de sus amigos y cuando pasó por el cuarto se quedó mirando. Al principio me tapé entera y me dijo “destápate, quiero que te vea como coges”, y me siguió haciendo el amor mientas su amigo me veía.

     Al ratito miró a su amigo y le dijo “está para hacerle el orto” y el amigo le contestó “no lo dudes”.

     Entonces sacó crema, me la puso por toda la cola y me la metió. La verdad es que me dolía, pero estaba excitadísima viendo como su amigo me miraba.

     Después de cogerme con mucha fuerza. me acabó en la cara.

     La verdad es que nunca me imaginé que podía ser tan sumisa y degenerada a la vez.

     Los días que siguieron a esta historia de sexo y placer fueron normales. Sólo que cuando nos juntábamos con sus amigos le gustaba tocarme delante de ellos, me abría las camisas y me bajaba el corpiño; me tocaba las tetas o hacía que yo lo tocara a él.

     Nunca más lo vi. Yo sigo de novia, pero con él aprendí sexo de verdad y no me voy a olvidar nunca de esa lección.

     Si quieren... muy pronto les puedo contar mis aventuras con mi novio.

ANITA

(Una amiga de El Mundo del Sexo)

anitagar40@hotmail.com 

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TESTIMONIO 4

Me levanté como de costumbre, a las 7 de la mañana. Lo primero que hice fue ducharme, ya que la noche anterior había hecho el amor con mi novio.

No me sentí realizada como otras veces, sentía como que me faltaba algo, estaba aún sedienta de sexo. Pero, lamentablemente, tenía que trabajar. Ah... eso sí, pensaba que esta noche no le perdonaría nada, cogería hasta que me sintiera completamente satisfecha.

Desayuné sólo café y tomé el colectivo de las 7 y media. Así tendría tiempo para bajar en Santa Fe y Callao y ver algunas vidrieras mientras se me hacía la hora de entrar al trabajo. Pero nunca llegué a destino y paso contarles el por qué...

Como decía, tomé el colectivo de las 7 y media. Sólo estaba desocupado un asiento en el fondo, cerca de la ventanilla. A mi lado un muchacho apuesto, de unos 22 años... al menos eso aparentaba.

Sentí cómo su mirada me penetró en lo más profundo de mi ser, mientras caminaba por el pasillo para sentarme a su lado. Yo vestía una pollera corta, por encima de las rodillas, de color gris, medias negras, zapatos de tacos, no muy altos, ya que mido 1.70, y una blusa color blanca. Llevaba también un saco a tono con la pollera, por si sentía frío más tarde. Soy una mujer de 31 años, de ojos verdes cambiantes a verdes grisáceos según el tiempo, de cabellos castaños hasta los hombros, piel algo bronceada aunque ya descolorida por el invierno. Mis medidas son 95-70-98. Ese día, como ocurre habitualmente, no llevaba soutien. Me siento completamente liberada al no llevarlo.

Bueno, esto que les paso a contar nunca me había sucedido hasta entonces. Me senté al lado de este caballero. Al principio no notaba lo que pasaba, pensé que era el movimiento del colectivo, ya que las calles de Buenos Aires, están completamente poceadas. Luego me di cuenta. Lo noté. Me estaba franeleando con su pierna. Él movía su pierna y la frotaba contra la mía. Me quede atónita, no pude decir nada. No podía, porque me gustaba. Me gustaba tanto que sentí que me mojaba. A mis pechos le pasaban algo, mis pezones se endurecieron de excitación. No sabia que hacer, se me ocurrió mirarlo a los ojos, pero mi vista se desvío a sus labios, por lo que pasaba su lengua, mientras con una mano, disimulado, se manoseaba la pija. Uhmmm.. me volvió loca. Estaba excitada, claro. Y me excitaba la idea de coger con él, aunque nunca había tenido una cama casual. Me jugué, lo levante con mi mirada y bajamos en la parada siguiente. Nos presentamos, se llamaba Juan y tenia la mejor voz, la que jamás había escuchado. No había ningún telo cerca, fuimos a uno que era familiar, no nos importó.

Estábamos calientes y queríamos disfrutar los dos. No pensé en el trabajo, ni el horario que debía cumplir, sólo sabía que estaba muy caliente y que quería a ese chico en mi vida, aunque sea por un par de horas.

En la habitación comenzó a comerme a besos, me besó toda: el cuerpo las tetas. ¡Qué lengua, Dios mío! Era todo un experto en la materia el nene. No aguanté, le agarré la pija. Era hermosa, tenía una cabeza perfecta y las medidas aprobadas, calculé que era algo así como 18x6, me encantó, se la besó y chupó como puta. Le lamí los huevos, me encantaba su sabor y le succione la pija salvajemente, hasta que recibí todo su jugo dentro de mi boca. ¡Qué potencia, qué cantidad! Uhmmm... lo cuento y aún se me hace agua la boca.

Me cogió como un toro salvaje, primero me penetró con su lengua y sus dedos, luego me tomó de la cintura y me la metió por la cola de una. Sentí bastante dolor, pero una satisfacción total. Cogía de maravillas, lenta pero rítmicamente, hasta que sentí que me daba más fuerte y más salvaje. Me encantaba, luego me dio vuelta y empezó a comerme la concha una vez más, para luego cogermela. Lo hizo muy bien y terminó por segunda vez en mis tetas.

Me sentí realizada, estaba feliz por ese encuentro. Agradecía a todos los Santos el que ese muchacho se haya cruzado en mi camino.

Fumamos un cigarrillo, abrazados en la cama. Se me dio por mirar el reloj y ya eran las 11 de la mañana. ¡Dios mío!, pensé. Mejor que vaya a trabajar y que invente algo para decirle a mi jefe por el retraso. Al ser su secretaria tendría que tener una excusa perfecta. Bueno ya se me ocurriría en el camino. Me despedí dejándole mi número telefónico y mi celular, para otro posible encuentro.

Y ahora los dejo porque al recordar esta experiencia debo masturbarme. Me calenté nuevamente.

Un beso para todos.

JULIANA

(Una amiga de El Mundo del Sexo)

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TESTIMONIO 3

Cuando hablamos de fantasías, y si son sexuales más, no somos totalmente sinceros. No sé tu edad pero a la de nuestra protagonista ésto la tenía traumada. De un tiempo a esta parte no se le podía borrar de la cabeza eso; ella va por los cuarenta y últimamente pensaba que era ahora o nunca más. Se preguntaba si era tan espantoso, miraba a su marido por las noches como a un hombre muy compresivo, pero con el cual el sexo era sólo aceptable. En el fondo lo hacía culpable a él de lo que le pasaba a ella, ya que desde siempre su fascinación por las películas pornográficas la hacía soñar con esta idea que la estaba quemando por dentro. No había planeado nada, pero sabía que de alguna manera tendría que lograr su objetivo. No podría soportar quedarse con esta incertidumbre de saber que sentiría. Un día, como cualquier otro, Mimicha -así se llamaba- salió. Tenía que llevar unos papeles a un edificio. Siempre odió a los ascensores, le daban claustrofobia. Cuando tomó coraje para entrar, llegó apresuradamente por detrás suyo un joven totalmente agitado de la corrida. Se cerró la puerta y Mimicha no escuchaba lo que el hombre le decía. Sólo podía apreciar lo buen mozo que era. Estaba tan agitado que su respiración se entrecortaba. No podía evitar mirarlo hasta que, tras hacer un ruido extraño, el ascensor se detuvo. Mimicha sintió por un momento una rara sensación de placer.

El viaje duraría un tiempo más, pero inmediatamente la aterró el encierro. Julián -así se llamaba el joven-, mientras tanto, comenzó también a ponerse mal. A él lo afectaba, como a Mimicha, el estar en un lugar cerrado. Cortó el silencio diciendo que el hablar de otra cosa evitaría que se pusieran histéricos. Por un momento ninguno emitió palabra alguna, sólo se miraron. Ella pensaba qué decir, no podía confesarle que estaba soñando con que la tomara en sus brazos y poder así satisfacer su alocada fantasía. Atinó a balbucear que estaba muy nerviosa. Mimicha nunca va a saber como, pero casi inmediatamente comenzaron a charlar como grandes amigos. Preguntas van, preguntas vienen... terminaron hablando de sus respectivas parejas.

En el fondo ella sentía que era eso lo que estaba esperando. Ella es una mujer con un cuerpo cuidado, siempre se esmeró mucho en su aspecto. Notó que a Julián no le era del todo indiferente. Se sentaron en el piso del ascensor, que no era muy grande y fue ahí donde Mimicha tragó saliva y con toda la pasión le propuso que fuese el interprete de su más, según ella, lujuriosa fantasía.

Por un momento Julián no sabía que actitud tomar, la miró y no pudo dejar de ver lo bella y excitada que estaba. Así, Mimicha le pidió que no se moviera, que no hiciera nada. Le comenzó a desabrochar la bragueta del pantalón con total pericia; sus manos, con mucha rapidez, dejaron expuesto el miembro: mordisqueó con suavidad la punta y su saliva humedecía el recorrido del generoso pene. Y con sus manos lo apretaba y lo acariciaba cambiando la presión que ejercía para hacer que él gozara cada momento como algo especial. Iba y venía tratando de llevar al máximo la excitación de Julián, le apretaba con suavidad los testículos y se los besaba, dulcemente, como nadie antes se lo había hecho. Devoraba con desesperación el miembro hasta lo más profundo de su garganta, con un ritmo cada vez más frenético. Mimicha ya sentía toda su humedad invadiéndole la vagina y esa transpiración de placer y deseo era la que debía pedirle a Julián su deseo. Se acomodó en el piso e hizo que él se colocara de rodillas sobre su cara.

Su sueño era ver salir el torrente de semen sobre su rostro, sentirla correr caliente y mientras masturbarse hasta tener el mayor orgasmo de su vida. El deseo de Mimicha se hizo realidad, Julián le dio todo, todo...
Ella chupó con delicadeza hasta la ultima gota, y gritaron juntos de placer. Mimicha jamás lo volvió a ver, pero no hacía falta... Sus fantasías fueron colmadas; ella se sentía totalmente satisfecha, porque esta experiencia le durará toda la vida. Lástima que sólo me la pudo contar a mí...


TESTIMONIO 2

Carlos no recuerda cómo entró en la vida de Verónica, pero sí aquella tarde ventosa, de lluvia, y el gusto del coñac que derramó sobre su pecho para luego quitarlo con la lengua. Carlos aún tiene presente la casa, la cara de los amigos y esos ojitos pícaros que lo miraron para dispararle sin piedad ese "¿Usted... no baila?" que le sonó a burla, que lo hizo sentir viejo sin serlo. Aquella noche Carlos bailó, tomó de la cintura a Verónica, la apretó fuerte contra su cuerpo, para que sintiera la erección que crecía bruscamente bajo la tela fina del pantalón. Casi inmediatamente estaba recorriéndole el cuello con la lengua, explorando los sabores agridulces de su piel mezclada con aquel exitante perfume francés. En ningún momento Verónica puso freno a la situación, no se quejó de los primeros besos ni de la inquieta mano que le rozaba la cola cuando la música se acercaba a su fin y había que soltarse. Al contrario, Verónica sentía que ese juego tenía mucho que ver con el placer. De lo contrario, nunca hubise arrimado su monte de Venus para refregarlo sobre la bragueta de Carlos como una gata en celo. Ni se hubiese entreabierto el escote para que él, desde arriba, pudiese contemplar centímetro por centímetro esas tetas enormes y morenas, incluido el arito que se había colocado en la punta del pezón.

Era el cumpleaños de María, una más que amiga de Carlos y compañera de estudios de Verónica. El no le había llevado regalo y ella le pidió que la acompañara hasta la cocina. Como para recordar los momentos lindos que alguna vez habían pasado, lo arrinconó contra la heladera, le dio un par de besos apasionados, pasó su mano sobre la bragueta a manera de caricia y, enseguida, le recriminó: "sos un calentón, che. Y encima, ahora te querés 'ganar' a Verónica. Ya los ví bailando apretaditos... ¿pensás que soy una idiota?". El reproche, o los celos, la llevaron a preguntar: "¿qué querés hacer con ella, lo mismo que hacés conmigo? A vos te gusta 'jugar' y después borrarte sin concretar. Con ese jueguito a mí no me enganchás mas...".

Temiendo que la histeria de María fuese a perjudicar su relación con Verónica, Carlos se acercó a ésta y le dijo: ¿"qué te parece si nos vamos, este cumpleaños me está aburriendo". Verónica aceptó y, juntos, se fueron al departamento de él. Mezclaron cognac con besos, agua de lluvia con piel. Y cuando ella quiso decir "no", ya era tarde. Tenía la bombacha a la altura de las rodillas y los dedos de él comenzaban a jugar lentamente primero sobre la cola y luego dentro de la concha. Además, Carlos estaba como desesperado. Lamía sin parar, casi con desesperación, los hombros, el cuello y los pechos de Verónica. Ella lloró cuando, juntos, llegaron al orgasmo. Sus gemidos se mezclaron con las lágrimas que caían de sus ojos y que a Carlos, al principio, le parecieron restos de la lluvia. Después de que un grito quebrara la garganta de Verónica se abrió un silencio entre los dos que sólo se rompió cuando ella dijo "me voy".

El presentía que ese primer encuentro sería tambien la despedida. Pero se equivocó. Fueron tantas las idas de venidas tanto de él como de ella investigando las profundidades del sexo del otro, tantas las miradas con signos de pregunta mientras se lamían con devoción, las veces que hicieron el amor en la cocina, en el baño, en el living y hasta en la cochera, alcanzando al unísono orgasmos extraordinarios.

Carlos no recuerda cómo entró en la vida de Verónica, pero sí su cuerpo desnudo a contraluz, la desesperación de ella por hacer el amor con las camisas de él puestas, los muslos trabajando a plena debajo de las sabanas blancas. No recuerda cómo entró en su vida, pero sí aquella tarde ventosa, de lluvia. Lo importante es que entró, que se sintieron atrapados por el sexo y que aún hoy siguen derramando cognac sobre sus pechos para casi inmediatamente emborracharse de placer.


TESTIMONIO 1

Vivimos en el mismo edificio, en Barrio Norte. Javier tiene 18 años; yo 40. Es un muchacho serio, amante del deporte. Demasiado corpulento para su edad. Y muy maduro a pesar de sus pocos años. Hace gimnasia, pesas, aerobismo, tenis. Tiene un lomo espectacular. Solo me bastaba con verlo para calentarme.

Buscaba cualquier excusa para cruzarlo, pero solo lo hacíamos en el ascensor, siempre con gente delante, y apenas intercambiábamos un saludo de cortesía. Hasta que un día lo vi bajar de su bicicleta, con su pelo enrulado, todo mojado, y su piel bronceada, que parecía carbón al compararla con su blanca remera deportiva. Era un caramelito para comérselo con papel y todo. Y decidí encararlo, decirle lo que sentía. Yo estaba parada, casualmente (bueno, si no me lo creen es problema de ustedes), en el palier de entrada cuando él entró. Me saludó, bajó a la baulera para dejar su bicicleta y cuando volvió justo llegaba el ascensor. Lo compartimos. Le dije que era muy simpático, que me gustaba la gente simpática. Me preguntó cómo me llamaba y, al decírselo, me dijo "Julia, vos también sos muy simpática. ¿Puedo invitarte a tomar algo a mi departa...?". No le di tiempo a que completara la frase y el "si" me brotó del alma. Cuando llegamos al piso 14, donde vive junto a sus padres y su hermana, muy suelto de cuerpo me miró y me dijo "mis viejos se fueron unos días al campo, mi hermana viajó a Bariloche y yo me quedé solito. Si te animás a entrar te invito con un helado". No tuve que pensarlo, ya estaba adentro.

Con todas mis fantasías volando a mil por hora. Ya en el interior de su semipiso me invitó a sentarme en un mullido sillón, encendió el televisor y conectó uno de sus tantos video juegos. Me dejó entretenida con uno de ellos mientras él servía el helado. Al rato volvió, se sentó a mi lado y me preguntó si me molestaba que él se diese un baño. Estuve a punto de decirle que no me molestaba si compartíamos la ducha, pero me frené y le dije que no se preocupara, que hiciese lo que quiera, que yo lo iba a esperar. Pasó aproximadamente media hora y no resistí la tentación de visitar su habitación. Al entrar, sin llamar para sorprenderlo, lo encontré recostado sobre la cama, con las piernas abiertas, masturbándose, mirando un video porno. Tenía la pija bien parada, estaba entrando en climax. Yo quería morirme, nunca imaginé que podía tener semejante pedazo ni que lo desaprovechara masturbándose solo teniéndome tan cerca. Al verme entrar quiso taparse con el cubrecama. Dejé salir de mi interior todo lo que sentía, me tiré sobre él y le dije "no te das cuenta de que estoy caliente con vos". Pero Javier temblaba como una hoja. Le pedí que me contara que le estaba pasando y su respuesta me dejó helada: "soy virgen".

Después de eso no pensé en otra cosa que hacer los deberes mejor que nunca, que un buen debut no le permitiría olvidarse jamás de mi. Y puse manos a la obra. Mi boca se prendió como un imán a su durísima pija, no dejé de chupársela y de lamérsela hasta que lo hice acabar. Javier jadeaba de placer. Comencé a besarle todo el cuerpo, desde los deditos de los pies hasta entrelazar su lengua con la mia, no sin antes tomar todas las gotitas de leche que habían quedado en su entrepierna. Se lo notaba nervioso, y no era para menos. Recién empezaba a descubrir lo que era entrar en contacto con el sexo opuesto. No sabía que hacer. Y para tranquilizarlo un poco le dije "la vas a pasar bárbaro, no lo dudes". Se puso más nervioso, pero en un abrir y cerrar de ojos quedó totalmente inmóvil. Esperé unos minutos y logré mi cometido: que se le parara por segunda vez. Tomé una banda elástica y se la coloqué en la base de la pistola. Eso le iba a retrasar el orgasmo. Abrí mi concha lubricada y dejé que me penetrara. En su rostro se reflejaba el placer por cada centímetro que mi vagina ganaba de su pija erecta. Estuve no se cuanto tiempo en esa posición, moviéndome con ritmo cada vez más rápido. Cuando notaba que él estaba a punto de volver a acabar, yo salía. Le daba un respiro y volvía a montarlo. A todo esto, yo ya había acabado como tres veces y no lograba calmar mi hambre de sexo. Muy cerca de la cara de Javier empecé a masturbarme, para que él viera el grado de mi exitación antes de volver a acabar. Cuando yo estaba al borde del cuarto lo obligué, porque él se resistía, a penetrarme con la lengua. Se tomó todo mi juguito y, no conforme con eso, seguía pasando la lengua como buscando más. Excitada como nunca, lo volví a montar. Cuando los latidos de su pija me avisaban que él no podía aguantar más, le corté la banda elástica con mis uñas sin que se diese cuenta, estalló en un grito y su leche calentita inundó mi concha. Volvió a suspirar, apoyó la cabeza sobre la almohada y cerró sus ojitos claros. Me recosté sobre él y los dos, totalmente mojados, nos quedamos abrazos y dormidos. A partir de allí comenzó otra historia. Una historia que, tal vez, algún día me anime a contarles...


E-mail: heteros@elmundodelsexo.com.ar
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