TESTIMONIO 6
UN ACOGEDOR VIAJE EN TREN
Pasadas las 2 de la mañana, cuando
viajaba en el tren a Tucumán, nos avisaron que en Rosario
debíamos bajar las ventanillas metálicas porque
solían arrojar piedras, desde una villa de los alrededores.
Pensé que era una pena y se lo comenté con mi
compañera ocasional de viaje: una morocha de unos 35
años, de ojos impactantes, boca sensual, y pechos grandes
y tentadores. Diré que la había observado desde
que se sentó a mi lado, pero no habíamos hablado
hasta entonces. Ella me respondió que prefería
la intimidad de la oscuridad.
-Es más lindo, ¿no te parece?
Yo contesté que sí y quedé pensando en
lo sugerente que era esta frase de Daniela (así me
dijo que se llamaba). Yo fui un poco más audaz que
lo habitual y seguí con la conversación para
el lado que me interesaba...
-No lo tome a mal, pero es raro que me toque una mujer tan
linda como compañera de viaje
-¿Qué edad tenés?
-27.
-Bueno mi amor, yo tengo 35, no soy tan vieja, no me trates
de usted.
-Sos muy linda, entonces, es raro que no viajes acompañada.
-Mirá, voy a Tucumán a visitar a una amiga y
preferí viajar sola... así si quiero puedo hacer
alguna travesura.
La charla se reflejaba en mi pantalón, Y como ya venía
jugado, aposté un poquito más...
-Si querés, podés empezar a portarte mal conmigo.
-¿Te parece? Mi amor, creo que estás calentito,
desde que salimos me estás mirando las tetas.
-Creí que no se había notado, ¿las puedo
tocar?
Como cambiando de tema me dijo...
-A ver, está mal cerrada la ventanilla.
Pero enseguida cruzó su cuerpo sobre el mío
como para ajustar la ventana y afirmó sus pechos contra
mi cara, yo no resistí y puse mi mano sobre uno de
ellos. Había gente despierta, pero no se veía
mucho lo que sucedía en los asientos y alrededor nuestro
todos parecían dormir. Metí mi mano por debajo
de su delgada blusa negra y sentí la textura del corpiño. Empecé a presionar y a amasar con fuerza
y la excitación me llevaba más y más
lejos. Toqué y pellizqué sus pezones y ella
bajó su cara y me besó con su boca abierta de
la cual ya asomaba su lengua que buscaba jugar con la mía.
-¿Te animás a coger aquí?, me dijo sin
dar más vueltas.
-Esperá un poquito, le respondí.
Asomé la cabeza por sobre el respaldo de el asiento
y me aseguré de que todos durmieran. Agarré
su mano y la puse en mi pantalón.
-¿Qué te parece?, le dije.
Volví a incorporarme al asiento y Daniela se sentó
sobre mí, sin disimular demasiado. Yo estaba medio
intranquilo por la situación, pero cuando la sentí
sobre mí, la sentí caliente y ya su húmeda
bombacha corrida hacia un lado. El calor de su concha envolvió
mi pene y me cogió con mucha calentura. Yo apoyé
mi mano en su pecho y la otra en su boca.
-Cuidado, no me vas a acabar... me dijo y se acomodó
para culminar la tarea con su boca.
-Cuando lleguemos a Tucumán, la hacemos entera en un
telo, no te me vas a ir, me susurró al oído y se durmió. En
Tucumán no nos separamos por esa noche.
dppablo@sinectis.com.ar
(Un
amigo de El Mundo del Sexo)
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TESTIMONIO 5
COMO ME HICE DEGENERADITA
Tengo
23 años y hace dos que me pasó esta historia...
Recién me ponía de novia y me fui con unas amigas, en el
verano, a Chile.
Casi a diario íbamos a bailar al mismo lugar, y lo pasábamos
bastante bien entre nosotras. Era
habitual ver a un grupo de chicos, donde había uno que me
encantaba (tenía 32 años), pero no me daba mucha pelota.
Siempre lo miraba y, al final, creo que se dio cuenta. Después
de cinco noches en las que me ignoró olímpicamente, me
invito a bailar.
Y no estoy exagerando cuando digo que no me daba bola. El
sólo se divertía con sus amigos, y eso me volvía más loca.
Pero al mismo tiempo me excitaba que fuera indiferente conmigo.
Después de bailar hasta tarde, y de tomar bastante, me pidió
que lo acompañara. Le pregunté adonde, y me dijo que no preguntara.
Su respuesta me excitó aún más; no tenía ni idea de sus intenciones.
Fuimos en su auto hasta unos medanos. Se internó un poco y
estacionó. Se bajó, abrió mi puerta, y, antes de pedirme
que bajara, me agarró de la nuca y me besó.
Nunca pensé que besaría así a un desconocido, pero tengo
que jurar que nunca me había excitado tanto un hombre, y por
lo tanto lo dejé que me besara.
Mientras lo hacía, me hizo levantar del asiento y me apoyó
en la arena, de espaldas. Yo estaba con una diminuta minifalda
y una camisa blanca.
Mientras me besaba, me desprendió el corpiño y me empezó a
besar las tetas, a mordérmelas. La verdad es que yo estaba
como loca... mientras me mordía los pezones, me levantó la
mini y me bajó de un tirón la bombachita. En menos de un
segundo me la metió.
No me decía nada, sólo la metía con fuerza. Cada vez que se
movía me entraba arena por todos lados, y eso me excitaba
más.
Me agarraba los pelos bien fuerte, y me la metía con mucha más
fuerza aún.
Cuando yo acabé, el seguía haciéndolo. Me abrió bien la
camisa y me acabó en la tetas.
Me dijo que me la pasara por las tetas y después de que lo
hice me puso arena para que me quedara pegada.
Sin decirme nada subimos al auto, y me dejó en el boliche. Lo
único que me dijo fue “me encanta que te comportes como
un puta” y “no te limpies las tetas” y me dejó.
Esa noche me di cuenta que me excitó ser sumisa y que sería
capaz de hacer cualquier cosa.
Estuvo un día sin ir al boliche y yo me quería morir, pero
me lo encontré en la playa al otrodía y cuando me vio me dijo
“acompáñame”. Esa palabra bastó para que yo me quisiera
morir.
Me llevó a su departamento y me preguntó si me había gustado.
Le respondí que mucho y me dijo que eso era el comienzo.
Me pidió que se la chupara mientras él miraba televisión
y que me hiciera la paja. Mientras me estaba
cogiendo entró uno de sus amigos y cuando pasó por el cuarto
se quedó mirando. Al principio me tapé entera y me dijo “destápate,
quiero que te vea como coges”, y me siguió haciendo el
amor mientas su amigo me veía.
Al ratito miró a su amigo y le dijo “está para hacerle el
orto” y el amigo le contestó “no lo dudes”.
Entonces sacó crema, me la puso por
toda la cola y me la metió. La verdad es que me dolía, pero
estaba excitadísima viendo como su amigo me miraba.
Después de cogerme con mucha fuerza. me acabó en la cara.
La verdad es que nunca me imaginé que podía ser tan sumisa
y
degenerada a la vez.
Los días que siguieron a esta historia de sexo y placer
fueron normales. Sólo que cuando nos juntábamos con sus
amigos le gustaba tocarme delante de ellos, me abría las
camisas y me bajaba el corpiño; me tocaba las tetas o hacía
que yo lo tocara a él.
Nunca más lo vi. Yo sigo de novia, pero con él aprendí sexo
de verdad y no me voy a olvidar nunca de esa lección.
Si quieren... muy pronto les puedo contar mis aventuras con
mi novio.
ANITA
(Una
amiga de El Mundo del Sexo)
anitagar40@hotmail.com
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TESTIMONIO 4
Me levanté como de costumbre, a las 7
de la mañana. Lo primero que hice fue ducharme, ya que la
noche anterior había hecho el amor con mi novio.
No me sentí realizada como otras veces,
sentía como que me faltaba algo, estaba aún sedienta de sexo.
Pero, lamentablemente, tenía que trabajar. Ah... eso sí, pensaba
que esta noche no le perdonaría nada, cogería hasta que me
sintiera completamente satisfecha.
Desayuné sólo café y tomé el colectivo
de las 7 y media. Así tendría tiempo para bajar en Santa Fe
y Callao y ver algunas vidrieras mientras se me hacía la hora
de entrar al trabajo. Pero nunca llegué a destino y paso contarles
el por qué...
Como decía, tomé el colectivo de las
7 y media. Sólo estaba desocupado un asiento en el fondo,
cerca de la ventanilla. A mi lado un muchacho apuesto, de
unos 22 años... al menos eso aparentaba.
Sentí cómo su mirada me penetró en lo
más profundo de mi ser, mientras caminaba por el pasillo para
sentarme a su lado. Yo vestía una pollera corta, por encima
de las rodillas, de color gris, medias negras, zapatos de
tacos, no muy altos, ya que mido 1.70, y una blusa color blanca.
Llevaba también un saco a tono con la pollera, por si sentía
frío más tarde. Soy una mujer de 31 años, de ojos verdes cambiantes
a verdes grisáceos según el tiempo, de cabellos castaños hasta
los hombros, piel algo bronceada aunque ya descolorida por
el invierno. Mis medidas son 95-70-98. Ese día, como ocurre
habitualmente, no llevaba soutien. Me siento completamente
liberada al no llevarlo.
Bueno, esto que les paso a contar nunca
me había sucedido hasta entonces. Me senté al lado de este
caballero. Al principio no notaba lo que pasaba, pensé que
era el movimiento del colectivo, ya que las calles de Buenos
Aires, están completamente poceadas. Luego me di cuenta. Lo
noté. Me estaba franeleando con su pierna. Él movía su pierna
y la frotaba contra la mía. Me quede atónita, no pude decir
nada. No podía, porque me gustaba. Me gustaba tanto que sentí
que me mojaba. A mis pechos le pasaban algo, mis pezones se
endurecieron de excitación. No sabia que hacer, se me ocurrió
mirarlo a los ojos, pero mi vista se desvío a sus labios,
por lo que pasaba su lengua, mientras con una mano, disimulado,
se manoseaba la pija. Uhmmm.. me volvió loca. Estaba excitada,
claro. Y me excitaba la idea de coger con él, aunque nunca
había tenido una cama casual. Me jugué, lo levante con mi
mirada y bajamos en la parada siguiente. Nos presentamos,
se llamaba Juan y tenia la mejor voz, la que jamás había escuchado.
No había ningún telo cerca, fuimos a uno que era familiar,
no nos importó.
Estábamos calientes y queríamos disfrutar
los dos. No pensé en el trabajo, ni el horario que debía cumplir,
sólo sabía que estaba muy caliente y que quería a ese chico
en mi vida, aunque sea por un par de horas.
En la habitación comenzó a comerme a
besos, me besó toda: el cuerpo las tetas. ¡Qué lengua, Dios
mío! Era todo un experto en la materia el nene. No aguanté,
le agarré la pija. Era hermosa, tenía una cabeza perfecta
y las medidas aprobadas, calculé que era algo así como 18x6,
me encantó, se la besó y chupó como puta. Le lamí los huevos,
me encantaba su sabor y le succione la pija salvajemente,
hasta que recibí todo su jugo dentro de mi boca. ¡Qué potencia,
qué cantidad! Uhmmm... lo cuento y aún se me hace agua la
boca.
Me cogió como un toro salvaje, primero
me penetró con su lengua y sus dedos, luego me tomó de la
cintura y me la metió por la cola de una. Sentí bastante dolor,
pero una satisfacción total. Cogía de maravillas, lenta pero
rítmicamente, hasta que sentí que me daba más fuerte y más
salvaje. Me encantaba, luego me dio vuelta y empezó a comerme
la concha una vez más, para luego cogermela. Lo hizo muy bien
y terminó por segunda vez en mis tetas.
Me sentí realizada, estaba feliz por
ese encuentro. Agradecía a todos los Santos el que ese muchacho
se haya cruzado en mi camino.
Fumamos un cigarrillo, abrazados en la
cama. Se me dio por mirar el reloj y ya eran las 11 de la
mañana. ¡Dios mío!, pensé. Mejor que vaya a trabajar y que
invente algo para decirle a mi jefe por el retraso. Al ser
su secretaria tendría que tener una excusa perfecta. Bueno
ya se me ocurriría en el camino. Me despedí dejándole mi número
telefónico y mi celular, para otro posible encuentro.
Y ahora los dejo porque al recordar esta
experiencia debo masturbarme. Me calenté nuevamente.
Un beso para todos.
JULIANA
(Una
amiga de El Mundo del Sexo)
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TESTIMONIO 3
Cuando hablamos de fantasías, y si son
sexuales más, no somos totalmente sinceros. No sé tu edad
pero a la de nuestra protagonista ésto la tenía traumada.
De un tiempo a esta parte no se le podía borrar de la cabeza
eso; ella va por los cuarenta y últimamente pensaba que era
ahora o nunca más. Se preguntaba si era tan espantoso, miraba
a su marido por las noches como a un hombre muy compresivo,
pero con el cual el sexo era sólo aceptable. En el fondo lo
hacía culpable a él de lo que le pasaba a ella, ya que desde
siempre su fascinación por las películas pornográficas la
hacía soñar con esta idea que la estaba quemando por dentro.
No había planeado nada, pero sabía que de alguna manera tendría
que lograr su objetivo. No podría soportar quedarse con esta
incertidumbre de saber que sentiría. Un día, como cualquier
otro, Mimicha -así se llamaba- salió. Tenía que llevar unos
papeles a un edificio. Siempre odió a los ascensores, le daban
claustrofobia. Cuando tomó coraje para entrar, llegó apresuradamente
por detrás suyo un joven totalmente agitado de la corrida.
Se cerró la puerta y Mimicha no escuchaba lo que el hombre
le decía. Sólo podía apreciar lo buen mozo que era. Estaba
tan agitado que su respiración se entrecortaba. No podía evitar
mirarlo hasta que, tras hacer un ruido extraño, el ascensor
se detuvo. Mimicha sintió por un momento una rara sensación
de placer.
El viaje duraría un tiempo más, pero inmediatamente la aterró
el encierro. Julián -así se llamaba el joven-, mientras tanto,
comenzó también a ponerse mal. A él lo afectaba, como a Mimicha,
el estar en un lugar cerrado. Cortó el silencio diciendo que
el hablar de otra cosa evitaría que se pusieran histéricos.
Por un momento ninguno emitió palabra alguna, sólo se miraron.
Ella pensaba qué decir, no podía confesarle que estaba soñando
con que la tomara en sus brazos y poder así satisfacer su
alocada fantasía. Atinó a balbucear que estaba muy nerviosa.
Mimicha nunca va a saber como, pero casi inmediatamente comenzaron
a charlar como grandes amigos. Preguntas van, preguntas vienen...
terminaron hablando de sus respectivas parejas.
En el fondo ella sentía que era eso lo que estaba esperando.
Ella es una mujer con un cuerpo cuidado, siempre se esmeró
mucho en su aspecto. Notó que a Julián no le era del todo
indiferente. Se sentaron en el piso del ascensor, que no era
muy grande y fue ahí donde Mimicha tragó saliva y con toda
la pasión le propuso que fuese el interprete de su más, según
ella, lujuriosa fantasía.
Por un momento Julián no sabía que
actitud tomar, la miró y no pudo dejar de ver lo bella y excitada
que estaba. Así, Mimicha le pidió que no se moviera, que no
hiciera nada. Le comenzó a desabrochar la bragueta del pantalón
con total pericia; sus manos, con mucha rapidez, dejaron expuesto
el miembro: mordisqueó con suavidad la punta y su saliva humedecía
el recorrido del generoso pene. Y con sus manos lo apretaba
y lo acariciaba cambiando la presión que ejercía para hacer
que él gozara cada momento como algo especial. Iba y venía
tratando de llevar al máximo la excitación de Julián, le apretaba
con suavidad los testículos y se los besaba, dulcemente, como
nadie antes se lo había hecho. Devoraba con desesperación
el miembro hasta lo más profundo de su garganta, con un ritmo
cada vez más frenético. Mimicha ya sentía toda su humedad
invadiéndole la vagina y esa transpiración de placer y deseo
era la que debía pedirle a Julián su deseo. Se acomodó en
el piso e hizo que él se colocara de rodillas sobre su cara.
Su sueño era ver salir el torrente de semen sobre su rostro,
sentirla correr caliente y mientras masturbarse hasta tener
el mayor orgasmo de su vida. El deseo de Mimicha se hizo realidad,
Julián le dio todo, todo...
Ella chupó con delicadeza hasta la ultima gota, y gritaron
juntos de placer. Mimicha jamás lo volvió a ver, pero no hacía
falta... Sus fantasías fueron colmadas; ella se sentía totalmente
satisfecha, porque esta experiencia le durará toda la vida.
Lástima que sólo me la pudo contar a mí...
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TESTIMONIO 2
Carlos
no recuerda cómo entró en la vida de Verónica, pero sí aquella
tarde ventosa, de lluvia, y el gusto del coñac que derramó
sobre su pecho para luego quitarlo con la lengua. Carlos aún
tiene presente la casa, la cara de los amigos y esos ojitos
pícaros que lo miraron para dispararle sin piedad ese "¿Usted...
no baila?" que le sonó a burla, que lo hizo sentir viejo sin
serlo. Aquella noche Carlos bailó, tomó de la cintura a Verónica,
la apretó fuerte contra su cuerpo, para que sintiera la erección
que crecía bruscamente bajo la tela fina del pantalón. Casi
inmediatamente estaba recorriéndole el cuello con la lengua,
explorando los sabores agridulces de su piel mezclada con
aquel exitante perfume francés. En ningún momento Verónica
puso freno a la situación, no se quejó de los primeros besos
ni de la inquieta mano que le rozaba la cola cuando la música
se acercaba a su fin y había que soltarse. Al contrario, Verónica
sentía que ese juego tenía mucho que ver con el placer. De
lo contrario, nunca hubise arrimado su monte de Venus para
refregarlo sobre la bragueta de Carlos como una gata en celo.
Ni se hubiese entreabierto el escote para que él, desde arriba,
pudiese contemplar centímetro por centímetro esas tetas enormes
y morenas, incluido el arito que se había colocado en la punta
del pezón.
Era
el cumpleaños de María, una más que amiga de Carlos y compañera
de estudios de Verónica. El no le había llevado regalo y ella
le pidió que la acompañara hasta la cocina. Como para recordar
los momentos lindos que alguna vez habían pasado, lo arrinconó
contra la heladera, le dio un par de besos apasionados, pasó
su mano sobre la bragueta a manera de caricia y, enseguida,
le recriminó: "sos un calentón, che. Y encima, ahora te querés
'ganar' a Verónica. Ya los ví bailando apretaditos... ¿pensás
que soy una idiota?". El reproche, o los celos, la llevaron
a preguntar: "¿qué querés hacer con ella, lo mismo que hacés
conmigo? A vos te gusta 'jugar' y después borrarte sin concretar.
Con ese jueguito a mí no me enganchás mas...".
Temiendo
que la histeria de María fuese a perjudicar su relación con
Verónica, Carlos se acercó a ésta y le dijo: ¿"qué te parece
si nos vamos, este cumpleaños me está aburriendo". Verónica
aceptó y, juntos, se fueron al departamento de él. Mezclaron
cognac con besos, agua de lluvia con piel. Y cuando ella quiso
decir "no", ya era tarde. Tenía la bombacha a la altura de
las rodillas y los dedos de él comenzaban a jugar lentamente
primero sobre la cola y luego dentro de la concha. Además,
Carlos estaba como desesperado. Lamía sin parar, casi con
desesperación, los hombros, el cuello y los pechos de Verónica.
Ella lloró cuando, juntos, llegaron al orgasmo. Sus gemidos
se mezclaron con las lágrimas que caían de sus ojos y que
a Carlos, al principio, le parecieron restos de la lluvia.
Después de que un grito quebrara la garganta de Verónica se
abrió un silencio entre los dos que sólo se rompió cuando
ella dijo "me voy".
El
presentía que ese primer encuentro sería tambien la despedida.
Pero se equivocó. Fueron tantas las idas de venidas tanto
de él como de ella investigando las profundidades del sexo
del otro, tantas las miradas con signos de pregunta mientras
se lamían con devoción, las veces que hicieron el amor en
la cocina, en el baño, en el living y hasta en la cochera,
alcanzando al unísono orgasmos extraordinarios.
Carlos
no recuerda cómo entró en la vida de Verónica, pero sí su
cuerpo desnudo a contraluz, la desesperación de ella por hacer
el amor con las camisas de él puestas, los muslos trabajando
a plena debajo de las sabanas blancas. No recuerda cómo entró
en su vida, pero sí aquella tarde ventosa, de lluvia. Lo importante
es que entró, que se sintieron atrapados por el sexo y que
aún hoy siguen derramando cognac sobre sus pechos para casi
inmediatamente emborracharse de placer.
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TESTIMONIO 1
Vivimos
en el mismo edificio, en Barrio Norte. Javier tiene 18 años;
yo 40. Es un muchacho serio, amante del deporte. Demasiado
corpulento para su edad. Y muy maduro a pesar de sus pocos
años. Hace gimnasia, pesas, aerobismo, tenis. Tiene un lomo
espectacular. Solo me bastaba con verlo para calentarme.
Buscaba
cualquier excusa para cruzarlo, pero solo lo hacíamos en el
ascensor, siempre con gente delante, y apenas intercambiábamos
un saludo de cortesía. Hasta que un día lo vi bajar de su
bicicleta, con su pelo enrulado, todo mojado, y su piel bronceada,
que parecía carbón al compararla con su blanca remera deportiva.
Era un caramelito para comérselo con papel y todo. Y decidí
encararlo, decirle lo que sentía. Yo estaba parada, casualmente
(bueno, si no me lo creen es problema de ustedes), en el palier
de entrada cuando él entró. Me saludó, bajó a la baulera para
dejar su bicicleta y cuando volvió justo llegaba el ascensor.
Lo compartimos. Le dije que era muy simpático, que me gustaba
la gente simpática. Me preguntó cómo me llamaba y, al decírselo,
me dijo "Julia, vos también sos muy simpática. ¿Puedo invitarte
a tomar algo a mi departa...?". No le di tiempo a que completara
la frase y el "si" me brotó del alma. Cuando llegamos al piso
14, donde vive junto a sus padres y su hermana, muy suelto
de cuerpo me miró y me dijo "mis viejos se fueron unos días
al campo, mi hermana viajó a Bariloche y yo me quedé solito.
Si te animás a entrar te invito con un helado". No tuve que
pensarlo, ya estaba adentro.
Con
todas mis fantasías volando a mil por hora. Ya en el interior
de su semipiso me invitó a sentarme en un mullido sillón,
encendió el televisor y conectó uno de sus tantos video juegos.
Me dejó entretenida con uno de ellos mientras él servía el
helado. Al rato volvió, se sentó a mi lado y me preguntó si
me molestaba que él se diese un baño. Estuve a punto de decirle
que no me molestaba si compartíamos la ducha, pero me frené
y le dije que no se preocupara, que hiciese lo que quiera,
que yo lo iba a esperar. Pasó aproximadamente media hora y
no resistí la tentación de visitar su habitación. Al entrar,
sin llamar para sorprenderlo, lo encontré recostado sobre
la cama, con las piernas abiertas, masturbándose, mirando
un video porno. Tenía la pija bien parada, estaba entrando
en climax. Yo quería morirme, nunca imaginé que podía tener
semejante pedazo ni que lo desaprovechara masturbándose solo
teniéndome tan cerca. Al verme entrar quiso taparse con el
cubrecama. Dejé salir de mi interior todo lo que sentía, me
tiré sobre él y le dije "no te das cuenta de que estoy caliente
con vos". Pero Javier temblaba como una hoja. Le pedí que
me contara que le estaba pasando y su respuesta me dejó helada:
"soy virgen".
Después
de eso no pensé en otra cosa que hacer los deberes mejor que
nunca, que un buen debut no le permitiría olvidarse jamás
de mi. Y puse manos a la obra. Mi boca se prendió como un
imán a su durísima pija, no dejé de chupársela y de lamérsela
hasta que lo hice acabar. Javier jadeaba de placer. Comencé
a besarle todo el cuerpo, desde los deditos de los pies hasta
entrelazar su lengua con la mia, no sin antes tomar todas
las gotitas de leche que habían quedado en su entrepierna.
Se lo notaba nervioso, y no era para menos. Recién empezaba
a descubrir lo que era entrar en contacto con el sexo opuesto.
No sabía que hacer. Y para tranquilizarlo un poco le dije
"la vas a pasar bárbaro, no lo dudes". Se puso más nervioso,
pero en un abrir y cerrar de ojos quedó totalmente inmóvil.
Esperé unos minutos y logré mi cometido: que se le parara
por segunda vez. Tomé una banda elástica y se la coloqué en
la base de la pistola. Eso le iba a retrasar el orgasmo. Abrí
mi concha lubricada y dejé que me penetrara. En su rostro
se reflejaba el placer por cada centímetro que mi vagina ganaba
de su pija erecta. Estuve no se cuanto tiempo en esa posición,
moviéndome con ritmo cada vez más rápido. Cuando notaba que
él estaba a punto de volver a acabar, yo salía. Le daba un
respiro y volvía a montarlo. A todo esto, yo ya había acabado
como tres veces y no lograba calmar mi hambre de sexo. Muy
cerca de la cara de Javier empecé a masturbarme, para que
él viera el grado de mi exitación antes de volver a acabar.
Cuando yo estaba al borde del cuarto lo obligué, porque él
se resistía, a penetrarme con la lengua. Se tomó todo mi juguito
y, no conforme con eso, seguía pasando la lengua como buscando
más. Excitada como nunca, lo volví a montar. Cuando los latidos
de su pija me avisaban que él no podía aguantar más, le corté
la banda elástica con mis uñas sin que se diese cuenta, estalló
en un grito y su leche calentita inundó mi concha. Volvió
a suspirar, apoyó la cabeza sobre la almohada y cerró sus
ojitos claros. Me recosté sobre él y los dos, totalmente mojados,
nos quedamos abrazos y dormidos. A partir de allí comenzó
otra historia. Una historia que, tal vez, algún día me anime
a contarles...
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E-mail: heteros@elmundodelsexo.com.ar
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