FANTASÍAS (Rody)
Vivía en un departamentito
que alquilaba en el bajo, por el tradicional barrio de San
Telmo. En ese momento tenía un encargado del edificio de nombre
Sergio, refuerte, rústico pero con un lomo extraordinario.
Como buen gay asumido le clavé los ojos en cuanto se hizo
cargo y desde el primer momento noté que yo no le era indiferente.
Esas cosas se notan, las miradas, los tonos, las gentilezas
con la puerta del ascensor, etc. Era una siesta de verano,
verdaderamente agotadora, yo estaba con un slip negro, chiquitito,
sobre las sábanas húmedas, sintiendo insuficiente el aire
del ventilador de techo. Repentinamente me tocan el timbre,
serían las 15 hs. Cuando voy a abrir me encuentro con Sergio
que me traía una carta que me entregó metiendo medio cuerpo
por la puerta para mirarme... Cuando le di las gracias giró
lentamente como para irse entonces le pregunté si no quería
una cerveza fresca dado el gran calor. Sin dudarlo entró al
departamento y me miró de arriba a abajo. Le busqué la prometida
cerveza y cuando se la traía, era una latita, me tomó por
la cintura y me sujetó fuertemente contra él, mientras bebía
a grandes sorbos. Al terminar me empujó hacia la mesa y comenzó
a besarme en la boca, metía toda su lengua la que yo mordía
con agrado, luego se prendió a mis tetillas mientras que con
sus manos me bajaba el slip y acariciaba mi cola. En una breve
pausa comencé a desvestirlo y con su ayuda pronto estuvo desnudo.
Su erección era absoluta mostrando una gruesa pija que apretaba
contra mi vientre al seguir besándome. Era extremadamente
velludo, con fuertes piernas y dibujado tórax. Me alzó y me
llevó a la cama sin dejar de morderme y lamerme. Una vez allí
se puso boca arriba, con las piernas abiertas lo que aproveché
para ir besándolo todo hasta llegar a su miembro al que le
empecé a pasar la lengua y me lo introduje en la boca... _
Sí putito chupala toda, hasta la garganta... Dame el culito...
Yo giré y mientras se la lamía y lo masturbaba, comenzó a
meter su lengua en mi ano y luego a jugar primero con uno
y luego con dos de sus dedos. _ Quiero tu colita putito te
la voy a romper toda... Mientras lo decía me acomodaba boca
abajo y sin dudar me penetró y comenzó a cogerme. Al principio,
siendo su pija tan gruesa, me hizo morder la almohada de dolor
pero después el placer empezó a ser indescriptible. _ Siempre
te tuve ganas..., me decía esto mientras me pedía que me pusiese
boca arriba, abrió mis piernas, las calzó en sus hombros y
volvió a metérmela mientras mordía mis tetillas. Yo gemía
de placer y esto parecía enloquecerlo... _ Acabo papá, acabo
dijo agitado. Pude sentir el calor de su leche que se derramaba
dentro de mí. Apenas toqué mi propio miembro yo también eyaculé
contra su vientre. Nos que damos así, unos minutos, sin movernos,
agotados del hacer y del placer. Muchas fueron las siestas
donde me hizo rodar por el piso o me cogió en una silla o
en la ducha. Desdichadamente, un día, la comisión del consorcio
decidió despedirlo. Nadie logró hacerme sentir tan puto.
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TESTIMONIO 2
Estaba amaneciendo.
El sol comenzaba a asomar. En pocas horas saldría el tren rumbo
a Buenos Aires, la tierra prometida. Ellos no pudieron dormir
en toda la noche. Sabían que una nueva vida los esperaba. Dejarían
atrás el aburrimiento, las largas horas de siesta que marcaron
sus tiempos de niños y de adolescentes, los bailes sabatinos
en el Club Social y Deportivo, las tardecitas de verano en la
plaza principal. Cuando habían cumplido trece años se juramentaron
abandonar el pueblo ni bien alcanzaran la mayoría de edad. Los
dos meses de diferencia que le llevaba le impondrían a Marcos
una espera ansiosa. Hasta llegó a odiar a su amigo Andrés por
el simple hecho de haber nacido casi sesenta días después. Empero,
el día esperado llegó. Ya habían sacado los pasajes con anticipación
y armado las valijas en silencio. Sin anunciar la partida a
nadie se preparaban para dejar atrás los estúpidos prejuicios
y a las noviecitas a las que sólo manoseaban y, con el verso
del respeto, dejaban calientes y solitarias cada noche.
Buenos Aires era
para ellos tan solo un paseo de fin de semana, un vistazo rápido
a las avenidas, a las vidrieras y a esos boliches donde chicos
de su edad tomaban café y fumaban hasta cualquier hora acompañados
por hombres o mujeres elegantes y despiertos. Querían compartir
esa libertad que, hasta entonces, sólo conocían a través de
las revistas y la tele. Marcos había decidido ser modelo. Posar
para las tapas de revistas y ganarse algún papel, por secundario
que fuese, en esas telenovelas que sus hermanas veían en los
pesados y duros inviernos. Adrián no tenía ni idea de que podría
hacer. Su única pretensión era ser libre. Caminar por las calles
hasta la hora que se le ocurriera, dormir hasta tarde y no tener
que volver más a la verdulería del viejo Pedro, en la que trabajaba
desde que terminó el colegio.
Después de diez horas
interminables, con todas sus ilusiones a cuesta, Retiro los
recibió sucio y repleto de gente. Tomaron un taxi y llegaron
a la pensión que una amiga les había recomendado. Cuando caían
las primeras sombras de la tarde ya estaban instalados y contando
la platita que les quedaba luego de pagar por adelantado el
hospedaje. Se ducharon y salieron a la calle. Caminaron cuadras
y cuadras hasta llegar a la avenida Corrientes. Se quedaron
sorprendidos al ver la cantidad de gente que salía de los cines
y los restaurantes. Y se hicieron un lugar entre la muchedumbre.
Marcos, rubio y de ojos verdes, tiene un cuerpo que parece tallado
por el mejor escultor del planeta. Una cola durita, realzada
aún más por el ajustado jean. Y un bulto prometedor que llamaba
la atención de aquel que lo quisiera ver. Por su mente corría
la idea de que todos los hombres se irían a babear al ver su
pija. Como Adrián, quien, en el colegio, cuando eran compañeros,
siempre se las arregló para manosearlo. Entraron a un bar, fueron
juntos al baño y, al ver que no había gente, se animaron a repetir
una de las historias que, a escondidas, habían intentando compartir
en el pueblo. Adrián pasó una mano por debajo de la camisa de
Marcos y le acarició las tetillas, mientras éste se excitaba
y apoyaba su dura poronga contra la no menos dura de Adrián.
Lo arrinconó contra una pared, le abrió la boca con besos intensos
y mojados, le metió la lengua hasta el fondo y, cuando Marcos
lo dejaba, bajaba una mano hasta la entrepierna y se volvía
loco acariciándolo sobre el slip que estaba a punto de estallar.
Adrián gemía y le pedía a Marcos, por favor, que lo echara.
Le decía que no se podían hacer esas cosas entre hombres porque
estaba prohibido, que eso debían hacerlo, como en el pueblo,
con las putas hasta que les llegara el momento de casarse.
A esa altura, Marcos
estaba muy caliente. Su voz se convertía en un murmullo. Sus
caderas se retorcían contra ese pedazo grande y potente de Adrián.
Le pedía a su amigo que lo tocara y que lo dejara tocar. Adrián
pretendía negarse hasta que al fin un chorro de leche hirviendo
le quemó la bragueta, se escapó sobre su slip y bajó por las
piernas de Marcos. Se había ido en seco. Fueron años bancándose
la calentura, la excitación del otro. Salieron del baño, se
acomodaron en los cómodos sillones que rodeaban a una mesa,
haciéndose caricias por debajo del mantel, tomaron un café,
y volvieron a sumergirse entre la gente. Adrián caminaba saboreando
cada mirada que sus anchas caderas recibían, aprovechando que
se había puesto la ropa más ajustada que encontró. Y Marcos
también se sintió distinto, feliz. Los dos habían logrado demostrarse
a ellos mismos que ser homosexual no era un pecado, como les
inculcaron desde chicos, sino gozar de la sexualidad en plenitud.
La gran ciudad les abrió la mente, los hizo sentir libres y
felices.
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